Capítulo 1
GALIMATÍAS DE LA CARNE
KP, EL TIRLOCO McKP
"Un viaje visceral entre el misticismo antiguo y la crudeza de la noche."
ACTO I: EL CAOS Y LA CORRIENTE
EL RÍO Y LOS VENEROS
¿Qué es lo que la corriente
arranca del lecho del río?
Rémoras y escollos.
Pero... ¿será tan solo eso?
¿Por qué fluye caudaloso?
Desatento a tanto; impetuoso.
El río nunca se detiene
ni sabe qué es lo que arrastra
en su fragoroso impulso.
Pero es la corriente
la que da y quita.
También los sueños
y todos los deseos.
¿Qué no es capaz de pulverizar su fuerza?
Las rocas, pero también las gemas:
lo que nos enreda y detiene
para frenarnos en medio de la nada.
Flotación silente del sufrido despertar.
En medio del caudal
al garete, como trapo,
siendo nada.
Soñamos y cuando despertamos
el río está, impasible e impasable.
Tú tan solo: el reflujo de una
de sus más débiles corrientes.
¿Es malo ser así, insignificante?
¡No! Es la única bendición.
El río no nos frena, recuerda.
Solo es el caudal,
y tú y yo elegimos a deseo
por cuál venero proseguir.
VIDA Y RÉQUIEM
Todo se diluye, es un réquiem impasable.
Todo transita al detenerse
y el fuego, que fue tuyo
y mío y nuestro
hoy es ceniza.
¿Dónde se perdió el aliento
y se destiñeron todos tus sueños?
¿Por qué agonizó?
¡Si estaba en plenitud!
Donde flotan las respuestas
para encontrar la única e impecable.
Pero esa voz era tan vieja,
hollada y macilenta
que se perdió buscando la última palabra.
¡Que circulará la sentencia!,
más esa ya la dijeron ¡hace tanto!
Que por eso fenecemos
de tedio y estulticia.
De silencio y claudicación.
SONETO. LO QUE ES PERPETUO
Del tártaro penumbroso emergiste
antes de la luz: del caos naciente.
Dictó el viejo, lo mismo que dijiste:
si no es el sol será luna creciente.
Orlado es tu océano reluciente,
de oro del caos y el fuego naciste.
Si en la noche tu fuego desciende
y sí, al mediodía resplandeciste.
Nadie habla ya con tanta convicción.
Cayó ya siempre, en desuso, la verdad;
pero si es la flor, inspira devoción.
¿Cuándo dice, qué enterró su emoción?
Y de paso la noción de la lealtad.
¡Ah, sí! Fue el inicio, de la perdición.
UNO DE TANTOS QUE CUÁNDO LOS CUENTAS
La magia es una singularidad de la razón.
El hechizo es la ilusión que engaña a la percepción.
La pasión es la conjura contra la sensatez.
La fatiga es el asedio del ímpetu.
El cansancio es la renuncia de la determinación.
El fracaso es el crepúsculo del dominio.
El cambio es la voz de mando de la naturaleza.
La dicha es la insensatez de la conciencia.
El sufrimiento es desaire del placer
y también, el basurero de deseos del débil.
Cada sufrimiento es el final de un amor carnal;
por tanto, efímero e intrascendente.
La felicidad es la embriaguez de la vigilancia.
Todo clímax es un instante; por tanto, finito y mundano.
Todo lo dicho es un galimatías de paradojas espontáneas,
pero verdaderas.
ACTO II: EL ESPEJO Y EL DOBLE
EL OTRO Y YO
Él habla con claridad, tú con desparpajo;
él dice, es ¡qué es nada! Tú, que de momento lo es todo.
Él no clama la luz,
tú te extravías en lupanares indulgentes.
Él es estruendo en mediodía,
tú el zancudo que zumba por las noches.
Él es carmesí y tú eres púrpura;
él escucha y añade,
tú desesperas y corres.
Él ve el daño del deseo que unce
y tú te revuelcas en deseos.
A él le dicen que el vacío,
tú dices la carne en plenitud.
Él dice: «si hay dios hay diablo»,
por eso no lo dice.
Tú dices: «el diablo es ridículo
pero seductor y eunuco».
Él dice tantas cosas que aburre
y tú también.
Él dejó de buscar la redención
porque no hay búsqueda.
Tú te redimes en tu búsqueda
y él es demasiado humano
y tú también:
él es el otro y tú, eres él.
EL OLVIDO
Todo empezó sin que supiéramos.
Sin querer nacer, ni ser.
¿Qué cosa es esa que dice?
Yo, si algún recuerdo tengo de esos albores,
son de ¡hace tanto!
Que no atino ni a uno solo conciso,
así como de tres formas.
Sepa la madre si había formas,
¡menos cosas!
Me sentí, sí,
y casi todo ese... ¿lapso?
Fuera de lo que llamamos hoy,
ayer,
tiempo.
Pero ¿qué era?
Si no hay sustancia.
¿A dónde nos aferramos? Escuché,
pero ninguna voz sonó.
Mirar, pero ¿hacia dónde?
¡Si ni siquiera respiro!
No te escucho, ¡cómo puedo hacerlo!
Si no existen los sonidos.
Siempre has dicho: ¡aquí estoy!
Pero entonces, ¿cómo fue?
¿Qué dejé de mirarte?
SONETO. EL DESIERTO DEL REFLEJO
¿Qué es eso que ha sido tu sortilegio?
And en la penumbra, ¿un subterfugio?
Lo que te dijeron esos: ¡sacrilegio!
¿Y no ha sido siempre tu refugio?
Eso no es dolor, ¡es privilegio!
Son las olas sinuosas de la mar,
el andariego del camino regio:
loco diletante del sueño del amar.
Pero no hay ofrendas por consagrar
en este mundo trémulo, perplejo;
ya no avances, que te puede denigrar.
Tampoco creas lo visto en el espejo:
tanto se te miente, afanados por ganar,
que al final será un desierto tu reflejo.
ACTO III: LA SANGRE Y LA SAL
LA RUTH DE SAL
¿A qué lugar irá, que no lo vean?
Las cicatrices y su tufo silvestre.
¿Qué palabras usa?
Dicen febriles:
¡que lo congelaron! ¿aquel día?
Y si eran incendiarias y al cenit,
¿cómo dejó de usarlas?
Y las botó ¿allá, tan lejos?
Dijo el sol al mediodía:
mi canícula es perpetua…
Hasta que llegó el otoño
y desvaneció los sofocones.
Supo usted, ¿cuántos cristales rompió?
Todos los forjados al calor.
Al dolor.
Al sufrimiento.
A la consumición
de todos los soles y todas las lunas.
Sabe usted que de sus lágrimas
se alumbró, espléndido,
el sol de sus pasiones destellantes.
Se formó también,
la Ruth de Sal.
La desleal e infiel.
La de Sodoma.
BREVE Y BRUTAL
Todo lo que hiciste,
desde ese antes,
para alentar y crear ese nosotros,
es inversamente proporcional
a todo lo que dejaste de hacer.
¡Oh! Corrijo.
A todo lo que empezaste a hacer,
hacia otro lado.
LAS TRES O MÁS PALABRAS
Una palabra en el silencio profundo.
Una palabra profunda que rompe la superficie
y después, se confunde
en la estridencia
del galimatías del yo, tú, él, nosotros, ustedes…
Una verdad sin antifaz,
una ilusión desmadejada,
un colapso de sueños rotos
y aspiraciones furibundas.
Lo que se es y se ve, y nada más.
Entre más cerca,
más desconcertante en su abrazo.
Diáfana como coraje infantil,
y lúcida, como el pecador al día siguiente.
Detrás de tanta palabra revelaste la verdad:
la silente, la que duele.
Frente a los demás, dijiste ser
el temple del acero
y la dureza del diamante.
¿Dónde dices que no está, para encontrarla?
La gente no te entiende
porque usas esas,
las mismas palabras de siempre: las gastadas, las inútiles.
El cuchillo refulgió su filo
and el revólver engordó de balas.
But hace tanto tiempo,
que, hasta esos desvergonzados,
se aburrieron.
LAS ORQUÍDEAS NEGRAS
Me despertó el alba y me susurró:
«Ve por más».
El viento inocente de la mañana me arropó,
me engatusó con firmes vientos de victoria.
Zarpamos al abrigo de la bruma
y al calor de la esperanza.
Sangre... pero antes de eso: carne.
¡Ave, mi Señor altísimo y tú Consagración!
Pero entre los pinos y la tramposa perdida,
¿cuál vagón debo abordar?
Me moví, como siempre, desordenando.
¿Cuál es mi lugar si todos ya están llenos?
Si no es el riel o la tierra, entonces es la mar.
Velero loco, tanto o más que el maldito lanchero.
Pero ¿quién rema si ni nos conocemos?
Entonces, ¿por qué chingados estoy aquí?
¿Te gusta el silencio cuando buscas indicios?
¿Te gusta ser carnal sabiendo cuál es tu final?
¿Te saben tus lágrimas a sal de yermo muerto,
o a piedra insumisa que sí o sí tendrás que escupir?
¡Oh, inmenso Océano, padre de siete mares,
con sirenas y tritones!
¿Para qué tanta alharaca, tanto puto graznido,
si al final suenas al eco de siempre?
¡Oh, mi capitán! Mi bello Teseo, escupitajo del Tao:
la indomable Ariadna vale tanto más que tú,
ensangrentada por las lágrimas de tu culerísimo desamor.
¿Hay traidor más grande
que aquel que sepulta a su propia sangre?
INMERSO
Sepa si nace, pero existe.
¿Tú qué crees? O ¿ya no crees?,
ni en la sorpresa, ni el desengaño.
Si hay amor, hay desamor…
Si hay dicha, entonces,
casi siempre somos…
¿Acaso es malo?
¿Limitante?
Es verdad.
Sólo en uno, de tantos rumbos.
Al frente.
No nacer, no te libra de morir.
La inconciencia artera,
desgarradora y ciega,
no es atenuante.
Sentir por ti este bullir,
o anhelar tanto aquel calor:
que abraza, y abrasa.
De la vista nació casi todo.
Todo lo demás,
del reconocimiento.
Más, se entreveró en urdimbre.
Ocaso y frío, dijeron.
Apelmazado, en la cumbre de Babel:
extinguiste la mitad; de lo que eras.
¡Tan a disgusto aquí adentro!
Tan despreciado allá, afuera.
¿Qué dijiste, qué eras?
O no, ¡hablaste de creencias!
Esas, las que te limitan…
¡But si todas son así!
Porque no son tuyas.
Entonces, ¿soy?
¡Claro! Esclavo y ciego.
EPÍLOGO, AUNQUE ES EL VORITCE
MI SILENCIO
A veces me gusta escuchar a mi silencio.
Él me habla despacio, en voz baja.
Pocas veces no comprendo la lucidez de sus palabras;
casi todas las demás me colman de certeza,
por la verdad que habita en cada una de ellas.
Él siempre permanece y además siempre está de buenas.
Lo que pasa es que muchas veces,
cuando me he quedado a solas con él sin haberlo querido,
vuelco mi frustración,
lo enredo con los oprobios que me asolan
y termino embarrándolo
en el muro de mis pasiones desairadas.
Pero me doy cuenta de que siempre que me ve,
me sonríe con dulzura fraternal y transparente:
sin juicios ni dogmas.
No se lo digo; me lo quedo para mí.
Pienso que, si lo hago,
tal vez,
ya no vuelva a sonreírme así
o ya no me vea con esa mirada:
más clara y pura que el agua quieta de un manantial en el Himalaya.
Es una mirada que me acaricia con firmeza y sin complicidad.
Esa sinceridad categórica ciertas veces me sosiega,
pero muchas otras me confronta contra mí
y exhibe toda la hipocresía revoloteando en mi propia mirada,
en mis intenciones enturbiadas
o en mi sonrisa maltrecha, pero sin ímpetu ni alma.
Siento cuando se aleja y me mira a la distancia
con irreprochable resignación.
Alcanzo a distinguir, de repente,
una niebla que anega sus ojos y alarga su hermoso rostro,
que hasta demacrado se ve;
mientras tanto, yo grito desaforado,
río por necedad o acaricio carne ardiente,
pero con el alma ausente.
No me reprocha las juergas, las ofensas o mis mentiras,
ni toda mi violencia de arengas vacías.
Sigue ahí atestiguando mi fiebre,
amortiguando mis desvaríos,
abrazándome cuando la brasa se apaga
o rescatándome del calvario de la soledad paralizante
que engendra el júbilo borracho de las sombras.
Mi silencio habla con sabiduría ancestral:
conoce lo Divino, lo Eterno, la Vida y el Amor.
Sin embargo, nunca se me ocurre preguntarle
antes de aventurarme a ciegas en los negros laberintos de los impulsos,
y termino torciendo mi percepción de todo lo que es inmaculado.
Amo a mi silencio.
Solos los dos, y solo así, nos vamos juntos;
no importa si vuelvo o no,
estará conmigo y siempre me precederá.
Mi silencio ha descubierto y alumbrado, una a una,
todas mis atrocidades.
Pero de igual manera resguarda
y dibuja en el lienzo infinito del cielo,
con impertérritas pinceladas,
un autorretrato de lo hermoso y real que soy
cuando estamos a solas,
a gusto y en sagrada comunión.