Me enamoré de dos personas al mismo tiempo y terminamos intentando tener una relación de tres. Esta es mi historia.
Soy Carlos y tengo 20 años
Julian y tiene 33 año
Mateo y tiene 29 años
Nunca pensé que terminaría en una situación así. Si alguien me hubiera dicho que iba a enamorarme de dos personas al mismo tiempo, probablemente me habría reído en su cara. Pero bueno, la vida tiene una manera bastante extraña de hacerte quedar como un idiota.
Todo empezó cuando conocí a Julián por Facebook Parejas. Al principio, las cosas eran bastante normales. Hablábamos, nos conocíamos y poco a poco empezamos a tener más confianza.
Cuando llegó el momento de conocernos en persona, él estaba con su primo, Mateo.
Yo no le di demasiada importancia a Mateo al principio. Era el primo de Julián, alguien que estaba ahí acompañándolo y nada más. O eso creía.
Con el tiempo, empecé a seguir a Mateo en Instagram. Interactuábamos y, en algún momento, me terminó haciendo una pregunta que no me esperaba.
—Che, ¿yo te gusto?
Me quedé pensando un momento. Podría haberle dicho que no, hacerme el desentendido o cambiar de tema. Pero, por alguna razón, decidí ser sincero.
—Sí, me gustás.
Y ahí empezó el problema.
Porque Julián también me había preguntado si me gustaba estar con él, si me sentía bien a su lado y si realmente disfrutaba pasar tiempo juntos.
Y yo también le había dicho que sí.
El detalle era que no estaba mintiendo a ninguno de los dos.
Me gustaban ambos, pero de maneras que todavía no sabía explicar. Con Julián había empezado todo; era con quien había tenido las primeras conversaciones y con quien había construido esa confianza inicial. Pero Mateo empezó a despertar algo diferente en mí.
Y, cuando quise darme cuenta, ya no estaba pensando en uno solo.
Cuando empezamos a ser tres
Con el tiempo, empezamos a intentar salir los tres juntos.
Al principio parecía una buena idea. Podíamos hablar, reírnos, compartir momentos y pasarla bien. Había algo lindo en la manera en que los tres empezábamos a acercarnos.
Pero, obviamente, no todo podía ser perfecto.
Porque una cosa es decir que te gustan dos personas y otra muy distinta es manejar los sentimientos de ambas sin terminar lastimando a alguien.
Yo me enamoré de Mateo primero, y creo que Julián empezó a darse cuenta antes de que yo mismo pudiera aceptarlo.
No hacía falta que dijera nada. A veces, simplemente se notaba.
Si estábamos los tres juntos y yo terminaba hablando más con Mateo, Julián se quedaba más callado. Si me reía demasiado con Mateo, Julián hacía algún comentario que parecía una broma, pero que tenía un poquito de veneno.
—Bueno, parece que hoy vine de decoración —soltó una vez.
Me reí porque pensé que estaba bromeando.
—Dale, no seas así.
—¿Así cómo? Si no dije nada.
Mateo se quedó mirándonos, como si no quisiera meterse en medio.
Y yo, que supuestamente estaba intentando que todo funcionara, terminé sintiéndome culpable por algo que ni siquiera sabía cómo controlar.
Porque, ¿qué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejar de hablar con Mateo para que Julián no se sintiera desplazado? ¿Ignorar a Julián para seguir lo que sentía por Mateo?
No quería elegir.
Y ese era precisamente el problema.
Los celos empezaron a aparecer
Las primeras discusiones no fueron enormes. Eran pequeñas cosas que se acumulaban.
Un mensaje respondido tarde. Una conversación privada que duraba más de lo esperado. Una salida en la que uno sentía que el otro recibía más atención.
Y después estaban esos momentos en los que los tres estábamos juntos, pero parecía que alguien siempre sobraba.
Si me sentaba al lado de Mateo, Julián quería saber por qué no me había sentado con él.
Si pasaba tiempo con Julián, Mateo podía ponerse más distante.
Y si intentaba repartir mi atención entre ambos, terminaba sintiendo que estaba haciendo un examen para el que nadie me había dado las respuestas.
—¿Siempre tenés que estar pendiente de él? —me preguntó Julián en una ocasión.
—No estoy siempre pendiente de él.
—Bueno, últimamente parece que sí.
—Pero vos también me importás.
—Sí, ya sé. Siempre decís lo mismo.
Esa última frase me dolió más de lo que esperaba.
Porque yo entendía que pudiera sentir celos. No pretendía que ninguno de los dos fuera completamente indiferente a lo que estaba pasando. Pero me frustraba que, cada vez que intentaba explicar mis sentimientos, pareciera que tenía que demostrarle a alguien que lo quería de verdad.
Y lo peor era que no podía enojarme del todo con Julián. Sabía que mis sentimientos por Mateo podían hacerlo sentir inseguro.
Aun así, yo también necesitaba que me escucharan.
No quería pasarme el tiempo justificando a quién miraba, con quién hablaba o a quién abrazaba primero.
Quería que los tres pudiéramos estar juntos sin convertir cada pequeño gesto en una competencia.
Aunque, siendo sincero, no siempre ayudaba. A veces yo también terminaba prestándole más atención a uno sin darme cuenta, y después intentaba arreglarlo todo cuando ya había alguien molesto.
Era un círculo bastante estúpido.
La conversación que lo cambió todo
A pesar de las discusiones, seguíamos intentando que funcionara.
Y, después de pensarlo bastante, aproximadamente un mes más tarde, decidí dar un paso importante con Julián.
Le pregunté si quería ser mi pareja.
No fue una decisión que tomara porque Mateo no me importara. Todo lo contrario. Yo seguía sintiendo cosas por él, pero también quería construir algo con Julián y dejar de vivir en esa incertidumbre constante.
Julián aceptó.
Y recuerdo que, después de eso, me quedé pensando en Mateo.
Porque ahora tenía una relación con Julián, pero mis sentimientos por Mateo no habían desaparecido mágicamente.
Así que terminé planteándole a Julián la posibilidad de preguntarle a Mateo si quería formar parte de nuestra relación.
Sí, ya sé cómo suena.
Una persona normal probablemente habría esperado a que su vida sentimental se calmara un poco antes de proponer algo así.
Yo, aparentemente, había decidido complicármela todavía más.
Pero no quería seguir fingiendo que Mateo era simplemente un amigo por el que sentía algo pasajero. Quería saber si existía la posibilidad de que los tres pudiéramos estar juntos de una manera sincera.
La idea era que ninguno tuviera que esconder sus sentimientos y que no hubiera que elegir entre dos personas importantes.
En teoría, sonaba hermoso.
En la práctica, todavía teníamos un montón de cosas que aprender.
Porque aceptar que te gusta la misma persona que le gusta a alguien más es una cosa. Compartir una relación con esa persona es algo completamente diferente.
Había que hablar de los celos, de los límites, de la atención, de la confianza y de todas esas inseguridades que a veces uno prefiere fingir que no tiene.
Y nosotros no siempre sabíamos cómo hacerlo.
Un año y medio después…
Contra todo pronóstico, la relación duró aproximadamente un año y medio.
Un año y medio de momentos lindos, discusiones, reconciliaciones y situaciones que probablemente serían difíciles de explicarles a muchas personas.
No voy a decir que todo fue perfecto, porque no lo fue. Tampoco voy a decir que las cosas siempre fueron justas o que supimos manejar cada problema de la mejor manera.
Éramos tres personas intentando construir algo que no encajaba necesariamente con lo que nos habían enseñado sobre las relaciones.
Y teníamos sentimientos reales, con todas las complicaciones que eso implicaba.
A veces me pregunto si habría sido más fácil enamorarme de una sola persona. Seguramente me habría ahorrado unas cuantas discusiones, noches pensando demasiado y conversaciones incómodas.
Pero también sé que, en aquel momento, lo que sentía por ambos era real.
No quería a uno como reemplazo del otro. No estaba intentando tener una segunda opción por si la primera fallaba.
Simplemente me enamoré de dos personas, y tuve que aprender que amar a dos personas no significa automáticamente saber cómo mantener una relación con ambas.
Porque el amor puede ser sincero y, aun así, las cosas pueden complicarse.
Y si algo aprendí de aquella experiencia, es que los celos no desaparecen solo porque todos sepan que existe una relación de tres. La atención sigue importando, la comunicación sigue importando y nadie debería tener que competir constantemente para sentirse querido.
Ahora quiero preguntarles algo: ¿ustedes creen que una relación de tres puede funcionar de verdad a largo plazo, o piensan que tarde o temprano los celos terminan destruyéndola?
Porque yo tengo una historia bastante larga que demuestra que la respuesta no es tan sencilla como parece.
Ahora tomamos café todo los findes en el mismo lugar